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El 3 de diciembre de 1971, Prensa Libre publicó un artículo en el que el reconocido pintor indígena Juan isay, originario de Santiago Atitlán, denunciaba públicamente ser víctima de personas inescrupulosas que, valiéndose de su nombre y del prestigio que había alcanzado con sus obras, solicitaban dinero y favores en su nombre.
Aquel testimonio, emitido hace más de medio siglo, deja entrever no solo la integridad del artista, sino también la temprana conciencia que tuvo sobre la importancia de proteger la autenticidad de su identidad y su arte.

Sisay señalaba entonces que los suplantadores aprovechaban su reputación para engañar a la ciudadanía, incluso en distintos departamentos del país, inventando historias —como un supuesto incendio que habría destruido su casa y sus pinturas— con el fin de obtener beneficios económicos. Fiel a su carácter honesto, el pintor pidió a la población mantenerse alerta y subrayó que siempre se había conducido como un hombre íntegro y sin ningún tipo de problemas de esa naturaleza.

Hoy, más de cinco décadas después, aquel llamado a la prudencia cobra nueva relevancia. En el panorama artístico actual, no existe otro Juan Sisay. Su nombre representa una trayectoria única dentro del arte guatemalteco y latinoamericano; su obra, profundamente arraigada en la cosmovisión y la vida de Santiago Atitlán, es un testimonio irremplazable de identidad y sensibilidad estética.

Su hijo, el pintor y artista Juan Manuel Sisay, hace un llamado a preservar la memoria y el buen nombre de su padre, instando a coleccionistas, galeristas y amantes del arte a verificar la autenticidad de toda obra que lleve su firma. Adquirir una pieza atribuida a Juan Sisay implica también una responsabilidad ética: la de asegurarse de que se trata de una creación legítima, no de una falsificación que desvirtúe su legado.

Honrar su nombre es, en última instancia, defender la verdad del arte y reconocer la trascendencia de un maestro cuya obra sigue iluminando la historia cultural de Guatemala.

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